En el tiempo que he hecho Walking México, siempre me he topado con lugares que no imaginaba que eran tan bonitos. Pero hay grados de sorpresa. Cuando me dijeron que iba a Los Mochis me imaginé que iba a pasar un fin de semana tranquilo en una playa normal comiendo ceviche. Estaba equivocada.

Empezamos a brincar de la emoción desde que vimos el paisaje del avión. Lo que parecían salinas blancas y rojas llegaban a una bahía azúl bordeada por pequeñas montañas. Ese contraste entre montañas y mar puede ser de mis cosas favoritas del mundo. En México no suele ser una imagen que tenemos de la playa pero toda la zona del Mar de Cortés está espolvoreada de pequeñas montañas que salen del mar. Nos dimos cuenta, como debería de haber sido obvio, que la costa de Sinaloa es muy parecida a la de La Paz y Los Cabos.

DÍA 1

Nuestro viaje comenzó en la Bahía de Topolobampo, un pueblo pesquero bastante industrial que de una manera romántica y mexicana nos recordó a algunos pueblos mediterráneos junto al mar, como Mykonos o Dubrovnik. Comimos en Stanley’s Bar en lo alto de una montaña con vista a una península y la bahía. De ahí fuimos a conocer a Pechocho, el mejor delfín del mundo.

Nadie sabe como el Pechocho llegó a su bahía entre el manglar, pero han venido biólogos de todo el mundo a estudiar porque nunca quiere salir de ahí. Una teoría es que es el hogar que hizo con su madre antes de que ella muriera y se rehúsa a abandonarlo. Entonces vive ahí, solito, esperando a sus visitantes cotidianos. En cuánto llegamos con la lancha se apareció y se acercó a jugar con nosotros. Venía cerca y como perrito se acomodaba para que lo rascáramos y luego daba vueltas de la emoción. Si hay buen clima puedes nadar con él y se acerca a jugar. Este es un delfín salvaje, que nunca ha estado en cautiverio y por elección disfruta con los humanos. Por eso es tan impresionante verlo y estar cerca de él. No podíamos evitar reirnos de felicidad.

Nos fuimos cuando nos alcanzó el atardecer y en la lancha de regreso nadaban con nosotros delfines, mientras veíamos a las lanchas de los pescadores regresar rodeadas de pelícanos y gaviotas. El sol se puso detrás de la Terminal Transoceánica de Topolobampo generando siluetas industriales y un reflejo amarillo en el mar.

DÍA 2

Al día siguiente nos levantamos temprano para ir a la bahía de Navachiste. Fue mi parte favorita del viaje y definitivamente el descubrimiento más preciado. Salimos del Cerro Cabezón, un pequeño pueblo pesquero en una lancha y pasamos el día conociendo diferentes islas y playas, todas vacías, para nosotras solitas.

Fuimos a una playa que se llama San Luquitas, por que tiene un pequeño arco similar al de Cabo San Lucas. También exploramos con mucho cuidado la Isla Blanca, una roca llena fragatas y águilas pescadoras que volaban a nuestro alrededor.

Finalmente nos instalamos en la Isla de Los Poetas, en la que se lleva a cabo cada año el Festival Internacional de Artes Navachiste. Escalamos a una cueva mientras nuestro guía Abel preparaba un ceviche de camarón delicioso. Después nos sentamos bajo un árbol para disfrutar del picnic y prepararnos para un breve ritual de sanación que nos preparó Abel.

Regresamos a Los Mochis agotadas por el sol. Descansamos un poco en el hotel y fuimos a cenar mariscos al Farallón. Para cerrar con broche de oro.

DÍA 3

El tercer día nos lanzamos a El Fuerte, un pueblo mágico que está tierra adentro. El paisaje es mucho más árido, pero no fuimos en temporada de lluvias. El pueblo está divino, con casas coloniales de diferentes colores. Ahí nos encontramos al guía y emprendimos en una caminata.

Caminamos entre cactus gigantes, vimos arañas violinistas que son de las más peligrosas del país, y finalmente llegamos a nuestro destino final, El Cerro de la Máscara, una ruina con alrededor de 300 petroglifos grabados por los primeros pobladores del continente hace entre 800 y 2500 años.

De ahí fuimos a conocer a Don José Luís y su familia que mantienen la tradición Maya-Yorome. Nos enseñaron a hacer tortillas con el proceso de nixtamal y nos pusieron una mascarilla de lodo que nos ayudó mucho con la piel. Después Don José Luís, que fue elegido por su abuelo para llevar la tradición, nos apantalló con las danzas religiosas del Venado y de los Paskolas. Comimos delicioso en la Mansión Orrantia que parecía una escena de Cien Años de Soledad y regresamos a Los Mochis. Esta noche fuimos a cenar a Pitahaya-Costés para celebrar el cumpleaños de Ana Paula. Nos divertimos mucho con unos locales que resultaron ser super amigables.

DÍA 4

El último día decidimos estar más tranquilas. Fuimos a Kayakear con Víctor Flores a El Maviri, la playa más cercana a Los Mochis. Víctor trabaja en una organización que se llama Restauración y Conservación Ambiental que busca mantener el área de El Maviri. Paseamos por los manglares y volvimos al nos echamos de la tirolesa y de ahí fuimos a comer al Azúl Rey. Descansamos en la playa hasta que llegó la hora de irnos al aeropuerto.

En este viaje aprendimos que todavía estamos rascando la superficie de lo que México tiene que ofrecer. Es muy enriquecedor aventurarse a descubrir un lugar fuera de lo normal y encontrar lugares tan impactantes y que casi no tienen turistas.

Pueden hacer este viaje con nuestros amigos de Chance to Challenge. Manténganse alertas de nuevas fechas aquí.

Recomendaciones:

Lleva gorra o sombrero para taparte del calor.

Usa bloqueador solar.

No lleves botellas de plástico.

Ayuda a recoger basura si la encuentras en la playa.